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Llamado internacional por una Cumbre Climática Mundial de la Madre Tierra

Este es Nuestro Llamado: 

Nuestra América, 21 de diciembre de 2022

Sr. Presidente Gustavo Petro Urrego de la República de Colombia
Sra. Vicepresidenta Francia Elena Márquez Mina

El Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur solicita al gobierno colombiano que convoque, organice y realice una Cumbre Climática Mundial de la Madre Tierra, el año 2023 en Colombia

A más de dos años del inicio de la pandemia de COVID-19, a lo que se suman las catastróficas consecuencias de la invasión rusa en Ucrania, vemos surgir una «nueva normalidad», que es aún más inquietante. Este nuevo statu quo global refleja un empeoramiento de múltiples crisis: social, económica, política, ecológica, sanitaria y geopolítica. Es una crisis de todo un modo de existencia.

El colapso ambiental se acerca y la vida cotidiana, a nivel global, se ha militarizado cada vez más. El acceso a buenos alimentos, agua potable y atención médica asequible se ha vuelto aún más restringido. Son más los gobiernos que se han vuelto autocráticos; los super-ricos se han vuelto más ricos y más contaminantes, los poderosos más poderosos y la tecnología no regulada ha acelerado estas tendencias destructivas.

Los motores de este statu quo injusto —el capitalismo, el patriarcado, el racismo, el colonialismo, las relaciones depredadoras con la naturaleza y diversos fundamentalismos y neofascismos— están agravando la situación, haciéndola escalar a niveles altamente peligrosos. Necesitamos cambios profundos, pero ellos no vendrán de la actual arquitectura multilateral. Las desigualdades sociales se han exacerbado y las emisiones de CO2 siguen aumentando. En nombre de la “seguridad energética”, la Unión Europea ha habilitado todo tipo de energías sucias, lo cual ha envalentonado aún más a los gobiernos extractivistas del Norte y del Sur a profundizar los programas de maldesarrollo, continuando así una carrera segura hacia el ecocidio planetario.

Frente a este escenario, debemos debatir e implementar urgentemente nuevas visiones que posibiliten transiciones y transformaciones ecosociales justas respecto al género, que sean regenerativas y populares, a escala local, nacional, regional e internacional. Además, tal como afirmamos en el Manifiesto por una Transición Energética Justa y Popular de los Pueblos del Sur,1 los problemas de América Latina y del resto del Sur Global son diferentes de los del Norte Global y de las potencias emergentes como China. Un desequilibrio de poder entre estas dos esferas no solo persiste debido a un legado colonial, sino que se ha profundizado debido a una economía global neocolonial.

Ante el cambio climático, la creciente demanda de energía y la pérdida de biodiversidad, los centros capitalistas han aumentado la presión para extraer la riqueza natural y depender de la mano de obra barata de los países de la periferia. No sólo sigue vigente el conocido paradigma extractivo, sino que la deuda ecológica del Norte con el Sur va en aumento. Así, lo que hoy se llama desde las instancias dominantes transición verde no es otra cosa que una transición corporativa y colonial que conlleva un incremento de las desigualdades geopolíticas entre el Norte y el Sur global -tal como vemos con la madera balsa, en los territorios del litio y con los otros llamados minerales para la transición-. Este proceso de descarbonización orientado a la exportación e impulsado por las grandes corporaciones, abre a una nueva fase de despojo ambiental del Sur Global que afectará aún más la vida de millones de mujeres, hombres y niños, y la vida no-humana. De esta forma, el Sur Global se ha convertido nuevamente en una zona de sacrificio, en un almacén de recursos supuestamente inagotables, para los países del Norte, ahora bajo una nueva retórica ´verde´.

Tampoco podemos depositar esperanzas en conferencias multilaterales como las COP climáticas. La COP27, realizada recientemente en Egipto, no sólo arrojó magros resultados en términos de políticas globales, sino que ha revelado ser un espacio cooptado por los poderes fósiles. En la conferencia de Egipto se hicieron presentes 636 grupos de presión de los combustibles fósiles, un 25% más que en Glasgow, donde había 503. Esta es, en la actualidad, como señalaron irónicamente ciertos medios internacionales, “la delegación más numerosa de la COP”.

Tenemos que partir de este reconocimiento de la situación y ofrecer, por ello, una contrapropuesta creativa y transformadora desde los Pueblos del Sur. Contamos con una diversidad enorme de resistencias, territorios y pueblos en lucha que están construyendo experiencias concretas de transición y de transformación socioecológica. También tenemos alianzas y articulaciones relevantes en frentes diversos. Sin embargo, nos faltan espacios más amplios de convergencia, que permitan debatir y actuar conjuntamente en una hoja de ruta compartida.

No hay que partir de cero. Contamos con antecedentes en nuestra región. En 2010, se realizó la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, o cumbre de Tiquipaya, en Bolivia. Sin duda, la experiencia y acumulación organizativa del Foro Social Mundial de Porto Alegre desde 2001, el triunfo de la IV Cumbre de las Américas, realizada en Mar del Plata, en 2005, que signó el “No al Alca”, así como el fracaso de la COP en Copenhague en 2009, contribuyeron a impulsar esta conferencia. Lastimosamente, las propuestas y programas que salieron de esa cumbre no tuvieron incidencia internacional, no solo por cuestiones de asimetrías geopolíticas, sino también por una debilidad y característica propia de los progresismos imperantes: la continuidad y profundización de las políticas extractivistas. Todo ello nos dejó una enorme lección, de la que debemos extraer sus consecuencias: ¡No es posible predicar los derechos de la Madre tierra a nivel global, si no se los defiende en el propio territorio!

Asimismo, celebramos y apoyamos la posibilidad de realizar una cumbre de presidentes vinculada a la protección de la Amazonía. En este sentido, consideramos de suma importancia promover en ese espacio mecanismos que respalden las propuestas que emanan desde las organizaciones que cuidan la Amazonía, en especial de las organizaciones indígenas y articulaciones pan-amazónicas, en pro de salvar estos territorios para la vida.

Entraremos en 2023 en tiempos de descuento. La pandemia nos ha colocado ante nuevos dilemas y la ya mencionada guerra en Ucrania y sus impactos globales, ha acelerado aún más la disputa civilizatoria. En la región latinoamericana vemos un escenario complejo y ambivalente: mientras que los progresismos de vieja generación apuestan a más extractivismo, lo que reduce de manera significativa los horizontes de la democracia y de vida digna y sostenible, nuevos gobiernos, como el de Colombia, representan la esperanza de un progresismo socioambiental, donde democracia y respuestas a la crisis climática desde la justicia socioambiental podrían, por fin, expresarse transversalmente en un programa integral de gobierno. A esto podría sumarse los vientos favorables con el nuevo escenario de Brasil, luego del decisivo triunfo de Lula da Silva, aunque aún está por verse hacia donde evolucionará la promesa de frenar la deforestación en la Amazonía, así como la posibilidad de construir una agenda regional superadora en relación con los progresismos de primera generación.

Según los diferentes movimientos por la justicia climática, “la transición es inevitable, pero la justicia no”. Todavía estamos a tiempo de iniciar una transición justa y democrática, que desmonte las relaciones (neo)coloniales entre Norte y Sur Globales. Podemos alejarnos del sistema económico neoliberal en una dirección que sustente la vida, combine la justicia social con la justicia ambiental en lugar de ponerlas a competir entre sí, reúna valores igualitarios y democráticos con una política social holística y resiliente, y restablezca un equilibrio ecológico necesario para un planeta sano. Pero para eso necesitamos más imaginación política y más visiones utópicas de otra sociedad socialmente justa y respetuosa tanto de la diversidad como de nuestra casa común planetaria. Necesitamos también entablar un diálogo y una colaboración a nivel regional y supra-regional, que supere las viejas diferencias. Hace falta constituir nuevos bloques regionales, que apunten a la producción y al autoabastecimiento (alimentario y energético), por fuera de los circuitos globales, desescalando la dependencia y buscando reducir la brecha de la deuda ecológica.

El profundo cambio cultural que necesitamos para alentar una verdadera transformación política y generar nuevos consensos sociales y horizontes para la transición ecosocial ya está en marcha. Lo podemos ver en las nuevas narrativas relacionales (Buen Vivir, Ubuntu, Derechos de la Naturaleza, Justicia Climática, Transición Justa, el paradigma de los Cuidados). También en las múltiples experiencias locales y luchas sociales y ecoterritoriales, ligadas a proyectos comunitarios de energía, la agroecología y las prácticas de restauración, en sociedades cada vez más golpeadas por el extractivismo y la crisis climática.

Estamos frente a la posibilidad de dar un giro político sociambiental histórico, liderado por el acumulado orgánico de luchas y resistencias ecoterritoriales que dicen “basta de ser zonas de sacrificio” y abren a oportunidad de eco-gobernanzas más participativas. Como activistas, intelectuales y organizaciones de diferentes países del Sur y de Nuestra América, hacemos un llamado a las y los agentes de cambio de diferentes partes del mundo, y muy particularmente en la región latinoamericana a comprometerse con una transición ecosocial radical, democrática, con justicia global, justicia de género, intercultural, regenerativa, popular y pluriversal que transforme tanto el sector energético como las esferas industrial y agrícola, que dependen de insumos energéticos a gran escala.

En razón de ello, desde el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur (PEIS) nos dirigimos al actual gobierno colombiano, encabezado por Gustavo Petro y Francia Elena Márquez Mina, para solicitarle, con toda la autoridad que reviste en estas lides, a convocar y organizar una Cumbre Climática Mundial de la Madre Tierra, a realizarse durante el año 2023 en Colombia, que trate con urgencia todos estos temas y tenga la capacidad y la voluntad de reunir en dicho país, al conjunto del activo militante de los pueblos, los gobiernos y las sociedades, comprometidas con un horizonte de transición ecosocial justa.

Sin más, y aguardando una respuesta favorable.

Con copia a:
Susana Muhamad- Ministra de Medio Ambiente
Irene Vélez- Ministra de Minas y Energía
Jorge Iván González- Director Departamento Nacional de Planeación

Primeras Firmas
Vandana Shiva (India), Leonardo Boff (Brasil), Nnimmo Bassey (Nigeria), Nina Pacari (Ecuador), Elisa Loncon (Chile), Ashish Kotahri (India), Patricia Gualinga (Ecuador), Enrique Leff (México), Pablo Solon (Bolivia), Joan Martinez Alier (España), Rita Segato (Argentina y Brasil), Cormac Cullinam (Sudáfrica), Horacio Machado Araoz
(Argentina), César Pineda (México), Ramiro Avila Santamaría (Ecuador), Tatiana Rodríguez (Colombia), Betty Ruth Lozano Lerma (Colombia).

Firmantes por el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur:
Colombia: Arturo Escobar, Marilyn Machado Mosquera, Tatiana Roa Avendaño; Argentina: Pablo Bertinat, Rafael Colombo, Maristella Svampa, Enrique Viale; Bolivia: Carmen Aliaga; Brasil: Breno Bringel; Chile: Lucio Cuenca; Ecuador: Alberto Acosta, Miriam Lang, Esperanza Martínez; Perú: Jaime Borda Pari, Jose De Echave Caceres, Raphael Hoetmer y Rocio Silva-Santisteban; Venezuela: Liliana Buitrago, Edgardo Lander.




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